LOS ETERNOS MURGUEROS
Del libro: "Julián Anselmi - crónica de un carnaval"
de Gustavo Balta
Julián siempre decía que el Carnaval no era una fiesta, sino un estado mental. Esa noche, al pasar como otras tantas noches por el Prado, la niebla era tan espesa que no veía sus propios pies, pero escuchaba el "tac-tac-tac" rítmico de una máquina de escribir. estaba sumergido en una neblina tan densa que los faroles parecían ojos amarillos flotando en la nada. Julián caminaba masticando la frustración de una letra que no salía, una retirada que se le escapaba entre los dedos como el humo de su propio cigarrillo.
—"Y se va la murga..." —susurró, pero la rima moría antes de nacer.
Siguió el sonido hasta que vio un banco de hierro. Al acercarse, la niebla se abrió como un telón.
Allí, un hombre de chaleco y corbata floja golpeaba las teclas con desesperación. No parecía un fantasma, sino alguien que habitaba un tiempo más lento.
Detrás de él, como estatuas de sal, estaban los diecisiete integrantes de "Los Eternos Murgueros", la murga del barrio que dicen una noche de carnaval desapareció en una niebla espesa, inesperada. No se movían; eran figuras de colores apagados esperando una orden que no llegaba.
—No sale, ¿verdad, botija? —dijo el hombre sin levantar la vista.
—¿La letra? No, no sale —respondió Julián, extrañado de no sentir miedo—. ¿Usted quién es?
—Un colega. O un invento tuyo, qué más da —el hombre dejó de teclear y lo miró. Tenía los ojos cansados de quien ha visto pasar demasiados febreros—. En el 45 escribí para "Los Eternos Murgueros". Se dice que desaparecimos, que nos tragó el tablado. Pero la verdad es más triste: simplemente no pude terminar la retirada. Me quedé trabado en un verso y la murga se quedó quieta, muda, en el silencio.
Julián se sentó en el suelo, frente al letrista. Comprendió que aquel hombre era la personificación de todos los finales inconclusos de Montevideo.
—Yo también estoy atrapado ahí —confesó Julián—. Siento que si no escribo algo perfecto, algo que detenga el tiempo, la murga se muere para siempre.
El viejo letrista sonrió y le ofreció un papel amarillento. Estaba casi vacío, salvo por una frase en el centro: “El Carnaval es la única mentira que nos dice la verdad”.
—Ese es el problema, pibe. Buscamos la perfección y la murga es imperfección pura. Es sudor, es desafine, es un parche remendado. Mi murga no desapareció porque fuera mágica; desapareció porque yo dejé de creer que podía terminar la canción.
—Pero el público espera el remate... —insistió Julián.
—El público espera que les devuelvas el alma un ratito —dijo el viejo, guardando su máquina—. Mirá la niebla. No es humo, es el aliento de todos los que alguna vez cantaron soñando ser murguistas.
El hombre se puso de pie y empezó a caminar hacia la oscuridad del Rosedal.
—¡Espere! —gritó Julián—. ¿Cómo terminaba la canción de los Murgueros?
El letrista se detuvo, su figura ya era casi una sombra más entre los árboles.
—No se cómo termina, Julián. Por eso sigo acá.
Julián se acercó, haciendo crujir las hojas secas. El letrista se detuvo en seco.
—Te falta un adjetivo —dijo el hombre sin mirarlo—. Buscás una palabra que suene a despedida, pero que no sea definitiva.
Julián se sobresaltó. —Yo... yo buscaba la salida del parque. ¿Quiénes son ellos? ¿Por qué no se mueven?
El letrista levantó la vista. Tenía los dedos manchados de cinta de máquina y los ojos enrojecidos de tanto mirar el vacío. Señaló con el mentón a la murga inmóvil.
Julián se sentó en el extremo del banco. Sintió el frío del hierro y el olor a naftalina y maquillaje que emanaba de la murga silenciosa.
—Yo también escribo —confesó Julián, sacando su cuaderno arrugado—. Pero en mi época todo es ruido. Nadie escucha las letras, todos buscan el impacto, las luces, el grito. Me siento solo escribiendo, como si le hablara a una pared.
El letrista sonrió por primera vez, una mueca amarga y cómplice.
—El letrista siempre está solo, pibe. Estás solo cuando la idea nace y estás solo cuando la murga la canta y la gente aplaude al director. Pero miralos a ellos... —señaló al director de la murga vieja, que sostenía un brazo en el aire, congelado en un saludo eterno—. Necesitan irse. Necesitan que el olvido los abrace, pero con música.
—¿Qué te falta? —preguntó Julián, acercándose a la máquina de escribir.
—El último remate de la retirada. El verso que explica por qué volvemos cada año aunque sepamos que todo termina en ceniza.
Julián miró a los "Murgueros". Parecían cansados de ser leyenda. Miró su propio cuaderno, lleno de tachaduras de un Montevideo moderno, y luego miró la hoja del viejo letrista.
—Probá con esto —dijo Julián, dictando con voz firme—. "Porque el destino es un tablado que se desarma, pero el alma se queda cantando en la esquina".
El letrista lo miró fijo. Sus dedos volaron sobre las teclas: clack, clack, clack, CLACK.
En ese instante, la murga cobró vida. El platillero chocó sus platos con un sonido cristalino, el redoblante abrió el camino y el bombo dio tres golpes secos y profundos que hicieron vibrar el suelo del Prado. Los diecisiete hombres empezaron a cantar a media voz, una armonía perfecta que parecía venir de debajo de la tierra.
—Eso era... —susurró el letrista, poniéndose de pie—. El puente. El puente entre tu Carnaval y el mío.
—¿Se van? —preguntó Julián con un nudo en la garganta.
—Nos vamos a la memoria, que es donde pertenecen las murgas —el viejo letrista le puso una mano en el hombro. Su mano no estaba fría; quemaba como la pasión de un estreno—. No dejes que el ruido te tape la melodía, pibe. Escribí para los que no están, y los que están te van a escuchar mejor.
El letrista caminó hacia su murga. Se colocó al final de la fila. La niebla se cerró de golpe y las voces se fue apagando hasta convertirse en el simple susurro del viento entre los pinos.
Julián se quedó solo. En el banco de piedra ya no había nadie, pero sobre el asiento encontró una pequeña cinta de máquina de escribir usada. La guardó en su bolsillo como un amuleto. Esa noche, de regreso a su casa, Julián escribió la mejor retirada de su vida. No hablaba de política ni de quejas; hablaba de un encuentro en la niebla y de que, mientras alguien escriba, ninguna murga muere del todo.
El joven se puso la guitarra al hombro y salió de la niebla. A sus espaldas, por un segundo, creyó escuchar el eco de diecisiete voces antiguas que, por fin, lograban bajar del escenario.
Puedes comprar el libro en Amazon:
o en gustavobalta.com

Comentarios
Publicar un comentario