RADECES DE LA VIDA (IN MEMORIAN RUBÉN RADA) - POR GUSTAVO BALTA


 RADECES DE LA VIDA

In memoriam · Rubén Rada (1943–2026)

Hay muertes que parecen imposibles.

Uno sabe que algún día llegará el silencio, que incluso las voces más grandes terminan apagándose. Pero hay personas cuya existencia se vuelve tan profundamente nuestra que cuesta imaginar un Uruguay sin ellas.

Rubén Rada era una de esas personas.

El Negro no era solamente un músico. Era parte del paisaje. Una voz que parecía salir de los barrios de Montevideo, de las calles de Palermo y Sur, de los tambores que anuncian que algo está por comenzar. Era Carnaval, era candombe, era humor, era barrio, era alegría. Era también esa manera tan uruguaya de cantar la vida sin necesidad de explicarla demasiado.

Rada nació en Montevideo en 1943, en un contexto humilde, y desde muy joven encontró en la música un camino. Comenzó entre comparsas y escenarios populares y terminó llevando el sonido de Uruguay mucho más allá de sus fronteras. Durante más de seis décadas hizo algo que parecía sencillo y que, en realidad, era extraordinario: tomar lo que éramos y convertirlo en música.

El candombe fue su raíz. Pero nunca fue una frontera. Rada mezcló candombe con rock, jazz, tango, murga, música brasileña, pop y todo aquello que pudiera entrar en su universo. Pasó por El Kinto, Tótem y OPA. Después construyó una carrera solista inmensa.

Y siempre volvió a lo mismo: a Uruguay. Porque Rada podía viajar por el mundo, cantar en otros idiomas, compartir escenarios con grandes artistas y convertirse en una figura internacional, pero había algo que nunca necesitó buscar: su identidad. La llevaba puesta.

Quizás por eso tantos uruguayos sentimos que Rada era nuestro. No nuestro en el sentido de propiedad. Nuestro en el sentido más profundo. Como el mate. Como el fútbol. Como el olor de la lluvia sobre Montevideo. Como un tamboril sonando a lo lejos. Como esas cosas que forman parte de nuestra memoria incluso cuando no nos damos cuenta.

APUNTE PERSONAL

En mi caso, Rada llegó primero desde el Carnaval. Mi familia lo conocía por la murga y por aquellas anécdotas de sus imitaciones de Zapatito en los tablados con La Nueva Milonga. Se contaba cómo Rada se anticipaba y hacía sus imitaciones de los famosos de la época mientras Pastrana y su murga terminaban su actuación en otro barrio.

Después, estando mi padre en Buenos Aires, mi viejo comentaba sus andanzas en aquella etapa de Aros Rada, vestido con aquellos abrigos largos y vistosos, recorriendo la gran urbe argentina. Con el tiempo, recuerdo verlo en la televisión, en programas argentinos, siendo recibido y aplaudido como la gran estrella que era, compartiendo de igual a igual con los grandes de la música.

Y siguió. Vinieron los bajones y las altas, los momentos difíciles y los de gloria, hasta alcanzar el éxito y el reconocimiento de todos.

También tuve la oportunidad de compartir escenario con él en la primera celebración del Día Nacional del Candombe, en el Palacio Legislativo. Allí me tocó presentar mi disco "Candombe de Reyes", mientras Rada tenía su propio show. Compartir aquel escenario, en una fecha tan significativa para nuestra cultura, es uno de esos recuerdos que quedan guardados en un lugar especial de la memoria.

Y hay algo más que para mí vuelve esta despedida especialmente cercana: mi hijo tuvo una relación personal con Rada y fue parte de muchos de sus shows. Eso también habla de esa dimensión humana y musical de Rada: la de abrir camino a las nuevas generaciones, compartir, dar lugar y tender un puente hacia quienes venían detrás.

De aquella relación quedó, además, una grabación juntos para la eternidad: "Desde el corazón" — Balta / Rada. Una canción que ahora adquiere un significado todavía más profundo. Porque hay recuerdos que el tiempo transforma en patrimonio íntimo. Y hay voces que, aunque se apaguen, quedan para siempre grabadas en nosotros.

Rada consiguió algo que muy pocos artistas consiguen: atravesar generaciones. Lo escucharon nuestros padres. Lo escuchamos nosotros. Y lo escucharán nuestros hijos. Porque hay canciones que envejecen y hay canciones que se convierten en memoria. Rada pertenece a esa segunda categoría.

El 26 de agosto de 2026, Rubén Rada murió en Montevideo a los 83 años, después de luchar contra una neumonía y sus complicaciones.

Y entonces ocurrió algo hermoso. Montevideo comenzó a tocar. Las calles de Palermo y Sur se llenaron de tambores para despedirlo. No hubo una despedida fría. No podía haberla. A Rada había que despedirlo como había vivido: con música, con ritmo, con gente, con Uruguay. Miles se acercaron a despedirlo y el tamboril volvió a decir aquello que las palabras no podían decir.

Tal vez esa sea la mejor manera de entender lo que Rubén Rada significó para los uruguayos. No solamente interpretó nuestra música: ayudó a construir la idea que tenemos de nosotros mismos. Nos enseñó que ser uruguayo no significa solamente haber nacido en un territorio pequeño entre dos gigantes. Ser uruguayo también puede ser una forma de mirar, una forma de reír, una forma de resistir, una forma de convertir la tristeza en canción. Y Rada supo hacerlo como pocos.

Venía de la pobreza, conoció la discriminación, conoció el esfuerzo y conoció también el mundo. Pero nunca perdió la capacidad de celebrar la vida. Quizás ahí estaba su secreto: entender que la alegría también puede ser una forma de resistencia, que bailar también puede ser una manera de decirle al mundo: estamos acá.

Por eso duele tanto su muerte. Porque cuando muere un artista importante perdemos canciones. Pero cuando muere alguien como Rada perdemos algo más difícil de reemplazar: una manera de ser.

El Gobierno uruguayo decretó duelo oficial y la bandera permaneció a media asta. El Palacio Legislativo abrió sus puertas para despedirlo. Montevideo, la ciudad que lo vio nacer y crecer, volvió a abrazarlo. Pero ningún decreto puede despedir a Rada. Porque Rada ya no pertenece solamente a los libros de historia. Pertenece a las calles, a los discos, a las familias, a las reuniones, a los carnavales. A los uruguayos que viven en Uruguay y a quienes tuvimos que aprender a llevar Uruguay dentro de nosotros desde lejos.

Porque quizás ese sea otro de los grandes regalos de Rada: cuando un uruguayo está lejos, ciertas canciones tienen el poder de abrir una puerta invisible. Y de repente vuelve Montevideo. Vuelve el barrio. Vuelve el tambor. Vuelve aquella tierra que queda demasiado lejos y demasiado cerca al mismo tiempo.

Rada fue también eso: un puente. Entre Uruguay y el mundo. Entre generaciones. Entre la tradición y lo nuevo. Entre la tristeza y la fiesta. Entre la raíz africana del candombe y todos los sonidos que encontró en el camino.

Y ahora que se fue, queda una pregunta: ¿qué hacemos con su silencio?

La respuesta quizás ya la dio Uruguay. No lo llenamos de silencio. Lo llenamos de tambores. Porque el Negro Rada se fue, pero el tambor sigue. Y mientras exista un niño golpeando un tamboril en una calle de Montevideo, mientras alguien ponga una canción de Rada en una casa, mientras un uruguayo lejos de su país escuche su voz y cierre los ojos para volver por un instante a su tierra, Rada seguirá estando.

Porque hay artistas que mueren. Y hay artistas que se convierten en país. Rubén Rada es de esos.

Y estos días se ha repetido una palabra que parece hecha para él: Titán. Sí. Rubén Rada era, es y será un Titán. Un Titán de la música uruguaya. Un Titán del Carnaval. Un Titán del candombe. Un Titán de la cultura popular.

Se fue el hombre. Se fue la voz. Se fue aquella sonrisa enorme. Pero quedó el ritmo. Quedó el candombe. Quedó la canción. Quedó Montevideo. Y quedó Uruguay.

Gracias, Negro. Ahora descansá. Nosotros seguimos tocando.

                                Gustavo Balta


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