PEQUEÑOS CUERPOS BAJO ESCOMBROS
Hay niños que no llegan a ser nombres,
solo números en las noticias de la noche:
veinte muertos en un bombardeo,
cuarenta y cinco en un ataque aéreo,
ciento tres bajo los escombros.
Números.
Como si no tuvieran ojos,
como si no hubieran reído nunca,
como si sus manos no hubieran dibujado lunas
en cuadernos que ahora son ceniza.
En Gaza, en Ucrania, en Sudán, en Yemen,
los niños aprenden a distinguir
el sonido de un misil del de un trueno,
el silbido de una bomba del canto de un pájaro.
Aprenden que el cielo puede caer,
que las casas se desmoronan como castillos de arena,
que mamá puede estar aquí
y un segundo después,
no estar.
Hay niños que caminan descalzos sobre vidrios,
que buscan agua en charcos sucios,
que duermen abrazados a sus hermanos muertos
porque el frío de la noche es insoportable
y el calor de un cuerpo,
aunque inmóvil,
consuela.
Hay niños que ya no lloran.
Han visto tanto horror que sus lágrimas
se secaron como lagos en sequía.
Tienen ocho años y miradas de ancianos,
ojos que han visto lo que ningún ojo debería ver:
cuerpos mutilados en las calles,
madres gritando nombres que ya no responden,
padres cavando tumbas con las manos desnudas.
Los políticos hablan de daños colaterales,
de objetivos estratégicos,
de operaciones necesarias.
Pero los niños no son colaterales.
Los niños son el centro,
el corazón palpitante del mundo,
y los estamos matando.
Hay una niña en Alepo
que dibuja flores en las ruinas.
Hay un niño en Mariúpol
que guarda un trozo de pan para su hermana.
Hay una bebé en Jartum
que llora de hambre en brazos de nadie.
Y el mundo sigue girando,
indiferente,
ocupado en sus guerras de adultos,
en sus fronteras, sus banderas,
sus odios heredados.
¿Cuántos niños más tienen que morir
para que dejemos de llamarlo conflicto
y lo nombremos por lo que es: asesinato?
Porque cada niño muerto es un futuro que no será,
una canción que no se cantará,
un abrazo que no se dará,
un mundo que no se construirá.
Y nosotros, sentados en nuestras casas seguras,
viendo las noticias entre bocado y bocado,
somos cómplices.
Cómplices del silencio,
cómplices de la indiferencia,
cómplices de un mundo que permite que los niños
mueran mientras discutimos quién tiene razón.
No hay razón que justifique
un cuerpo pequeño bajo los escombros.
No hay bandera que valga la vida de un niño.
No hay victoria en un cementerio lleno de inocentes.
Y sin embargo, las guerras continúan.
Y los niños siguen muriendo.
Y nosotros seguimos mirando.
Hasta que un día, quizás,
nos demos cuenta de que cada niño muerto
es un pedazo de humanidad que perdemos para siempre.
Pero para entonces, ¿cuántos habrán quedado?
Juana María Fernández Llobera


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