"Imposturas. Cervantes y Avellaneda"
Una obra de Pedro Álvarez-Ossorio
Interesante, amena y profunda
Una entrevista de Juana Ma. Fernández Llobera
¡Buenas tardes!
Nos reunimos hoy para hablar de tu obra ‘Imposturas. Cervantes y Avellaneda’, que me ha parecido muy documentada y muy trabajada, lo cual hace que tengas más interés en leerla.
J.M.: Antes de entrar a hablar de tu obra, me gustaría que nos hablaras de ti. Naciste en Sevilla, pero hasta los ocho años vives en Marruecos, lo cual captó mi atención. Luego volviste a tu ciudad natal. ¿Sigues viviendo en Sevilla? Eres licenciado en Filosofía, pero también tienes estudios en Arte Dramático, ¿te decantaste más por el Arte Dramático? Lo digo porque eres un conocido director teatral, dramaturgo y actor. Como actor has participado en varios largometrajes como ‘El Lute: camina o revienta’ de Vicente Aranda, ‘Padre coraje’ de Benito Zambrano, entre otras. ¿Cómo fue tu experiencia en el cine? Has dirigido muchas obras de teatro. Me gustaría que nos contaras cuál ha sido la obra que te costó más dirigir y la razón de ello, así como la que te fue más fácil. En 1999 fundaste el teatro ‘La Fundición de Sevilla’, de la que eres director. ¿Cómo nació la idea de fundarla? Me gustaría que nos hablaras un poco de tu experiencia como dramaturgo y nos contaras un poco sobre tus obras. Y bueno, si quieres, puedes añadir lo que consideres importante para una primera aproximación a nuestros lectores.
Si algún adjetivo me viene al pelo es el de “diletante”, en la triple acepción que le atribuye la RAE. Uno: he sido y soy un gran aficionado a las artes y algunas de ellas, como el teatro, las he convertido en mi profesión con más de cincuenta montajes; gracias a lo cual también he coqueteado con el mundo de la imagen y participado en más de veinte películas, entre largos, cortos y series. De mis veintidós libros editados, hay varios dedicados al ensayo, por lo que se podría decir que, también, en mi diletancia he cultivado algunos campos del saber y me he interesado por ellos. Y, por último, no puedo desechar la última acepción por su cierto carácter peyorativo, “persona que cultiva una actividad de manera superficial o esporádica”, porque si bien no ha sido esa mi actitud vital si se podría decir que, en ocasiones, podría achacárseme. Prueba de ello es mi reciente vocación de novelista, en tiempo tardío y aún muy incipiente, o mi pluriempleo en el mundo de la escena donde, siempre buscando rellenar un hueco imprevisto, he participado en todos sus niveles y profesiones.
Me gusta investigar en lo desconocido y siempre me dispongo a ello cuando inicio un proyecto, lo que me hace individualizar cada uno de mis trabajos. No sabría decir cuál ha sido el más difícil o el más fácil, a todos les he dedicado el tiempo y el amor que precisaban o, cuando menos, del que disponía en esos momentos, pero sí guardo especiales recuerdos de algunas de mis obras teatrales como “La casa de Bernarda Alba”, “Edipo rey” “Los cuernos de don Friolera”, “El público”, “Argonautas” “Razón de Estado”, “Queipo” o “Duelo y muerte del marqués de Pickman y lo que aconteció con su cadáver”; entre otras.
Aunque mis padres vivían en Marruecos cuando nací, circunstancias ajenas a ello me hicieron venir al mundo en Sevilla y ahí he desarrollado gran parte de mi vida personal y profesional, lo que no me ha impedido también trabajar en gran parte de los países bañados por el Mediterráneo. Soy, sin dudarlo, un hombre del sur y a mi territorio y sus personajes he dedicado toda mi creación. Sobre todo, a los segundos, porque mi acercamiento al arte se ha centrado, sin abandonar las historias recurrentes, en sus personajes. Quizás por ello me consideran más hombre de teatro que novelista.
J.M.: Vayamos ahora a tu obra. Tras publicar Cervantes la primera parte del Quijote, fue publicado en 1614 bajo el seudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda el Quijote apócrifo. La verdadera identidad de este autor sigue siendo un misterio, aunque los principales candidatos históricos señalados por los expertos son el escritor Lope de Vega, el militar y escritor Jerónimo de Pasamonte o el aragonés Pedro Liñán de Riaza. ¿Qué hizo que te decantaras por Jerónimo de Pasamonte que es el personaje con el que inicias tu obra aunque no está claro que realmente fuera él quien la escribiera? Me llama la atención que es una novela sobre las relaciones entre los dos. ¿Qué nos puedes decir de ello? ¿La idea de escribir esta novela surge a raíz de tu anterior novela ‘Laberintos rotos’?
Efectivamente. Escribiendo “Laberintos rotos”, en mi acercamiento a sus dos grandes protagonistas, el doctor Thebussem y mi “supuesto” abuelo, dos grandes cervantistas, tuve que repasar obra y referencias del gran alcalaíno lo que me llevó a la constancia de tanto cuanto ignoramos de la vida de nuestro mayor novelista. Consecuencia: la idea de escribir sobre él y, como complementario, su suplantador en la escritura de la segunda parte de el Quijote, Alonso Fernández de Avellaneda. Si del primero sabemos poco, del segundo no sabemos nada más que hipótesis sobre su identidad. La más reciente tendencia a atribuírsela a Jerónimo de Pasamonte, me permitió investigar sobre ello y ficcionar sobre posibles verosimilitudes. De Pasamonte sólo conservamos su “Memorial” y por él sabemos que ambos se encontraron en la galera “Marquesa” y cómo intentó suplantar la heroicidad de Miguel, camino de Lepanto. Las demás noticias son algunas de las interpretaciones sacadas del reo de galera Pasamonte y otras referencias en el Quijote de Cervantes. Poco más. Con esos pocos datos, mi esfuerzo se centró en, incluyendo lo conocido de ambos, complementarlo con características y circunstancias que los hiciera buenos adversarios. El resultado es esta novela, porque de eso se trata de una obra de ficción donde lo inventado fuera tan verosímil como lo realmente sucedido. Y mi punto de vista sobre la relativa autoría del aragonés es fruto de sus propios defectos, fanfarrón y lerdo en la escritura: tuvo que formar parte de la conspiración, pero no lo veo capacitado para ser su ejecutor literario. El resto: hay que leer la novela.
J.M.: El segundo capítulo lleva por título ‘La taberna de Pau (1570)’, que es donde llegan los hermanos Cervantes, Miguel y Rodrigo, en el puerto de Barcelona, para indagar sobre posible correspondencia, tras huir por las heridas causadas a Antonio Sigura. Miguel es declarado en rebeldía por no haberse personado y le han condenado a que le corten la mano. Los hermanos tienen intención de embarcarse con rumbo a Italia. ¿Decidiste comenzar por este hecho porque resulta impactante y fija la atención en los dos hermanos, así como todo lo que realizan desde ese instante?
Si bien de Miguel de Cervantes el lector tiene poca información, de Jerónimo de Pasamonte sólo saben algunos eruditos, era pues necesario y a partir del “Memorial” que nos ha legado el segundo, situar y acercar a un lector medio a este nuevo personaje y por eso le dedico el primer capítulo sobre su familia, nacimiento, infancia y primera juventud. No era la misma situación la de los hermanos Cervantes, sus vidas aventureras comenzaron con sus huidas de España. Barcelona iba a ser el punto de salida de la península de los tres y en la búsqueda de un primer contacto entre el aragonés y los Cervantes me pareció buena idea situar el segundo capítulo en la salida del puerto catalán, donde había llegado Pasamonte, y las causas que los llevaron a ello. Ya habría tiempo de ir mostrando matices de sus historias familiares y personales anteriores. En algún momento pensé en comenzar todas las historias desde ese instante, provocando un primer encuentro, pero me pareció más equilibrado que el acercamiento entre Miguel y Jerónimo, fuera menos causal y más coherente con sus caracteres. Así que decidí abandonar, momentáneamente a Jerónimo y aplazar el encuentro para que Rodrigo pudiera ser un buen puente entre ellos, como así hice. Desde un primer momento quise dejar claro que la incompatibilidad entre los dos escritores era patente, sólo un tercer personaje de pasadero podría acercarlos. Esta decisión, también me dio la oportunidad para presentar a Rodrigo como correspondía por su protagonismo en toda esta etapa y la fuerte relación entre los dos hermanos.
J.M.: Las vidas de Miguel de Cervantes y Jerónimo de Pasamonte se cruzan en la batalla de Lepanto y a partir de allí, existen varios reencuentros y varios conflictos. Tras haber estudiado las vidas y haber leído el Quijote varias veces, ¿piensas que Pasamonte quizás es el candidato a ser Avellaneda con más posibilidades porque existía una rivalidad entre los dos manifiesta?
Si Jerónimo me hubiera demostrado una cierta soltura en la escritura, sería el perfecto candidato a ser Alonso Fernández de Avellaneda. El problema es que, pese a todas las coincidencias con los datos que disponemos, su nivel de escritura lo contradice. El Quijote de Avellaneda es, evidentemente, muy inferior al de Cervantes, pero no está escrito por un lerdo, tiene altura literaria y si no hubiera existido Cervantes, seguramente sería una novela de referencia para la época. Las diferencias ideológicas son evidentes, mientras Cervantes es un erasmista y crítico al poder, Avellaneda es tridentino y conservador, lo que hace pensar que la ideología también formó parte de esta trama. Si a ello, le añadimos que, como no sabemos quién fue el autor real, tampoco tenemos certeza de dónde se editó el falso Quijote y quienes, más allá del arzobispo de Tarragona, certificaron su publicación, nos invita a pensar que, tras esta iniciativa, había una cierta confabulación contra Cervantes y no sólo económica. Con estos enigmas sólo quedaba ficcionar. Los ingredientes estaban servidos ahora había que cocinarlos.
J.M.: Avellaneda fue un impostor quitándole los personajes a Cervantes para escribir su segunda parte del Quijote. ¿Piensas que Cervantes también lo fue ya que lee la obra de Avellaneda y hace una copia mejorativa?
Como yo también lo soy con mi novela robándoles personajes acontecimientos y reflexiones. Esto no es una sola impostura son varias y de ahí el título, pero si no se hubieran llevado a cabo no existiría la mejor novela de la historia, la segunda parte del Quijote escrito por Cervantes, Y, desde luego, esa novela no tendría tantos niveles narrativos y de lectura si Avellaneda no hubiera escrito antes la suya. Cervantes, evidentemente, hizo una copia mejorativa de la de Avellaneda. Desde el romanticismo se ha puesto en cuestión las copias de argumentos y personajes calificándolos de plagio, pero si nos retrotraemos a tiempos anteriores la historia de la literatura está llena de grandes obras salidas de otras. Buen ejemplo las más de trescientas versiones sobre don Juan o las diferentes interpretaciones de los mitos grecorromanos.
J.M.: Los dos hermanos y Pasamonte coinciden en la galera ‘Marquesa’. La galera, como cuentas en tu novela, es un barco ligero y veloz, propulsado a remo y ayudado por vela latina, muy manejable y con poca artillería, que busca en el combate el abordaje. Dicha galera estaba a las órdenes del marqués de Santa Cruz, que surcaba el mar desde Nápoles a Messina. Había en la galera reos que purgaban su pena remando, pero también había remeros voluntarios, como es el caso de Pasamonte. ¿Puedes contar un poco a nuestros lectores la razón de que los tres acabaran allí?
Es uno de los acontecimientos de la novela contrastados históricamente: los tres participaron con la “Marquesa” en la batalla de Lepanto. Desde ese conocimiento, me he permitido situarlos en tres posiciones diferenciadas que nos ayuden a conocerlos, participar de sus intereses y sociológicamente diferenciarlos. A pesar de que todos ellos forman parte de la clase de tropa es evidente la diferencia entre los hermanos y Pasamonte y el prestigio que posteriormente les acarrearía. Es importante esto último, porque la heroica hazaña de Miguel en el puente donde quedó lisiado del brazo izquierdo y, como consecuencia de ello, premiado por Juan de Austria, será el primer robo de personalidad de Pasamonte atribuyéndoselo a sí mismo en otra de las batallas donde posteriormente pelearía y donde, por cierto, se sabe no hubo un enfrentamiento tan brutal.
J.M.: ¿Piensas que Avellaneda tenía Celos de Cervantes porque sabía que era mejor escritor que él?
Fuera quien fuera Avellaneda, porque no olvides que esto es ficción y, por lo tanto, una teoría sobre su identidad, las razones que debieron moverle debieron ser varias y, evidentemente, el celo profesional pudo ser una de ellas. Sobre todo, tras el cierto éxito de la edición de la primera parte del Quijote. Yo me he atrevido a sugerir otras razones entre las que destaco la envidia. Las pugnas literarias y las relaciones con el poder cortesano pudieron ser otras. Cervantes siempre se quejó del maltrato al que se vio sometido tanto por sus colegas como por los poderosos y de ahí sus críticas. Actitud beligerante que también debió influir. Nunca han gustado los críticos al sistema impuesto y sobrevenido. En la edición de sus libros no constan ni dibujos sobre su efigie, ni comentarios laudatorios de sus contemporáneos. Tuvieron que ser los críticos franceses e ingleses los que cien años después de su muerte comenzaran a ensalzarlo. “Nadie es profeta en su tierra”, dice un dicho popular que le viene al pelo a Cervantes y si hoy es considerado como el mejor novelista de la literatura española es gracias a otros. Su fama se universalizó en los siglos XVIII y XIX.
J.M.: Miguel de Cervantes Cortinas cambia la firma a Miguel de Cervantes Saavedra. Esta mudanza pudo venir dada, como explicas en tu libro, por el miedo a que su vuelta a España sacara a la luz aquel juicio condenatorio que lo echó de allí o por cualquier otra causa que desconocemos. Lo cierto fue que decide españolizar el apodo con el que lo conocen en Árgel, “shaibedraa”, que en dialecto árabe magrebí se pronuncia casi como en español y significa “brazo tullido o estropeado”, o, lo que es lo mismo “manco” y es el nombre que ha trascendido en la historia. ¿Puedes explicar un poco a nuestros lectores cuál era su relación con Árgel?
Hay teorías para todos los gustos del porqué cambió su segundo apellido. La mía es una de ellas y la he elegido por parecerme la más verosímil. Lo único que compartimos todos es que este cambio se produce tras su estancia en Argel y que fue allí donde se produce la gran transformación que lo lleva de ser un escritor clásico, cuando escribe La Galatea, a revolucionar el arte de la escritura en toda su obra posterior, sobre todo en El Quijote. Tan importante debió ser para él este nuevo apellido que es el que elige para su hija Isabel cuando decide reconocerla como tal.
J.M.: En 1577, Jerónimo de Pasamonte está en Túnez, escribiendo fantasías sobre sus aventuras y peripecias por el Mediterráneo, publicando pequeñas novelas que su amo se encargaba de vender y le producían buenos beneficios. Luego las cosas se le tuercen. ¿Puedes explicar a nuestros lectores, a grandes trazos, algunas de las penurias posteriores, en esos años, que cambian su existencia?
Los afanes literarios imaginativos de Jerónimo de Pasamonte son parte importante de la figura inventada en esta novela. De él, como ya he dicho, solo conocemos el “Memorial” que escribió tras su vuelta de África con el fin de documentar sus servicios a la corona y exigir contraprestaciones dinerarias y laborales. Era algo frecuente entre los reos y soldados retornados con capacidad para la escritura. Se supone que, también, Miguel debió hacerlo, pero con la diferencia fundamental que el segundo trajo documentación que acreditaba sus proezas, mientras que de Jerónimo no nos consta ninguna carta de recomendación o certificado. Pasamonte escribió una biografía cargada de prosopopeya, redundancias y exageraciones difíciles de creer como verdaderas y, si tenemos constancia de cómo suplantó a Cervantes en Lepanto, podemos suponer que también hizo lo mismo con otros. Esa facilidad para inventarse una historia me llevó a dotarlo de afanes literarios que, de alguna manera, también iban a ayudar a contrastar más su figura con la de Miguel. Me he quedado con lo más creíble de sus confesiones: su deseo de profesar en la Iglesia, su soledad familiar, su ambición personal y, sobre todo, su hipérbole, pleonasmo y énfasis sobre la realidad que le tocó vivir. Siempre atribuyéndose el papel de víctima y haciendo culpables a los otros mediante el engaño. Cervantes, por el contrario, va directo al grano criticando las que él considera injusticias y sin medir las consecuencias de sus actos.
J.M.: Pienso que con las pinceladas que hemos dado a tu obra, ya pueden ver la profundidad de la misma, así que no voy a quitar la magia de que los lectores vayan descubriendo más. Lo que sí que me gustaría, a ser posible, que nos hablarás de tu próximo proyecto.
Estoy terminando mi tercera novela que revisa dos tiempos, dos épocas: la actual desde la crisis de 2008 hasta nuestros días y una vuelta atrás buscando la juventud de sus personajes en el tardo franquismo, desde 1968 adelante. Parece que me gustan las miradas al pasado y en esta ocasión me he ido hacia aquellos años de la militancia en la lucha clandestina contra la dictadura. Tres personajes que me resultan muy cercanos y cuyas vidas se entrecruzan dando voz y miradas a sus vivencias personales y militantes.
Juana María Fernández Llobera





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