‘Vida insecta’ de Cristina Sánchez-Andrade
Un original Poemario que te hace reflexionar.
Una entrevista de Juana Ma. Fernández Llobera
Buenas tardes, Cristina.
Nos reunimos hoy para hablar sobre tu Poemario ‘Vida insecta’, que me parece original y que invita mucho a reflexionar.
J.M.: Para comenzar, me gustaría que nos hablaras de ti. A los lectores les gusta saber quién está detrás de la obra que están leyendo. Según he podido leer, naciste en Santiago de Compostela. Eres hija de padre gallego y de madre inglesa, lo cual, supongo que te abrió muchas posibilidades al conocer ambos idiomas y culturas. Eres Profesora Asociada de Literatura en la Unidad Complutense (Facultad de Ciencias de la Información), ya que eres licenciada en Periodismo por esa misma Universidad y en Derecho por la U.N.E.D. En 2004 fuiste galardonada, nada menos, que con el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, otorgado por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México). ¿Qué nos puedes contar de todo ello? ¿Cuándo te diste cuenta de que querías dedicarte a escribir? ¿Qué otros premios has obtenido a lo largo de tu trayectoria literaria? Y todo lo que creas conveniente contar para un primer acercamiento a nuestros lectores.
C.S.: He hecho muchas cosas, sí. Pero supongo que todos los caminos me llevaban siempre, irrevocablemente, al de la escritura. Me di cuenta de que escribir era lo que me gustaba muy pronto, pero siempre me resistí por la precariedad que acompaña al oficio. Al principio intenté escribir y trabajar en otras cosas al mismo tiempo. Me refiero a un trabajo de oficina de ocho horas. Luego, en un momento, -yo creo que tendría unos 35 años- me di cuenta de que tenía que escoger porque hacer ambas cosas a la vez era agotador. Pensamos que escribir es algo que se puede hacer en vacaciones o en los ratos libres, pero requiere una rutina y muchísima disciplina. Desde entonces no es que me dedique solo a escribir, lo combino con talleres o clases de la Universidad a tiempo parcial. He obtenido algún premio, pero no creo que los premios definan al escritor. Te dan prestigio, a veces dinero y algo de aliento, pero al final hay que seguir con determinación.
J.M.: Pasemos ahora a hablar de tu Poemario ‘Vida Insecta’. ¿Cómo nació el mismo? ¿Cómo se te ocurrió la idea?
C.S.: Es mi segundo poemario. Este nació tras leer un libro muy inspirador, La Vida de las abejas, del belga Maurice Maeterlinck. Es un ensayo literario y filosófico sobre la vida de las abejas, pero no es solo un libro de ciencia o apicultura. El autor observa el mundo de la colmena (basándose en su propia experiencia como apicultor) y describe cómo viven las abejas: la reina, las obreras, los zánganos, el enjambre, la reproducción y en general la organización de la colmena. Pero lo importante del libro no es solo “cómo funcionan las abejas”, sino lo que Maeterlinck reflexiona a partir de ellas con metáforas y un lenguaje poético bellísimo. Las comparaciones constantes con la sociedad humana me dieron mucho que pensar. En el fondo, Maeterlinck usa a las abejas como un espejo para pensar temas humanos: la cooperación, la obediencia, la muerte, el destino y el sentido de la vida.
Cada cosita que leía en este ensayo me inspiraba un poema. Por ejemplo, leí que, si una babosa o ratón se desliza en la colmena, las sepultureras (recordemos que cada abeja tiene una misión concreta) los matan. ¿Qué hacen para desembarazarse del cadáver que pronto envenenará la atmósfera? Pues bien; si es imposible expulsarlo o despedazarlo, lo encierran en un sepulcro de cera y propóleos. Si, por ejemplo, son caracoles, se contentan con tapar con cera el orificio de la concha. Y pensé: ¿no hacemos nosotros lo mismo con los pensamientos obsesivos? De ahí nació un poema. Y así con otros temas.
J.M.: Tu Poemario consta de 55 poemas. El primero de ellos, lleva por título ‘Tijereta’.
Me impresionaron los versos del mismo que dicen:
‘Como un pensamiento,
penetra,
excava túneles,
horada.
Así es el miedo:
incuba huevos en el cerebro’.
¿Por qué elegiste este poema para que fuera el primero? A mí me parece una muy buena elección, la verdad.
C.S.: Creo que este poema da el tono e introduce la atmósfera con la que el lector se va a encontrar. Es curioso porque la idea viene de una antigua creencia europea que escuché una vez. No tiene base científica, pero es interesante. Decía que las tijeretas entraban por el oído de las personas mientras dormían, avanzaban hasta el cerebro y allí ponían huevos o causaban daños mentales. De ahí viene el nombre inglés “earwig”, que procede del inglés antiguo ēare (“oreja”) + wicga (“insecto” o “escarabajo”). En distintas zonas de Europa medieval también se pensaba que podían provocar locura, perforar el tímpano o esconderse permanentemente dentro de la cabeza. Se me ocurrió que el miedo hacía algo parecido con nosotros.
J.M.: De los 55 poemas, si tuvieras que elegir tres, ¿cuáles serían y cuál sería la razón de esa elección?
C.S.: Me gusta el de la tijereta, por lo que tiene de perturbador. También me gusta mucho “El chatarrero”, que, aunque es un poco distinto del resto, me divierte. Hace un año me mudé a vivir a un pueblo cercano a Madrid, por el que todavía pasa el chatarrero con una furgoneta. A través de una megafonía dice: ¡Ha llegado el chatarrero, señora, ha llegado el chatarrero! Y te invita a sacar la chatarra a la puerta. Pues bien; se me ocurrió que a modo de chatarra la mujer puede sacar “esperanzas oxidadas, iras polvorientas y días que pesan como el metal” así como “ollas resentidas, sartenes inseguras y manijas que gimen en la oscuridad”. Y brotó el poema.
Por último, también me gusta otro que se llama “El viaje de las raíces”. Está escrito desde el tacto (el sentido más olvidado) y habla de cosas tan dispares como la búsqueda de un origen, la conexión con los muertos (tema muy gallego), la maternidad o la manera en que el dolor atraviesa generaciones y cuerpos. La atmósfera de este poema es muy uterina: oscura, húmeda y cerrada.
J.M.: Me he quedado con una duda al leer el segundo poema que titulas ‘Vendo’, porque hay un verso en el que expresas: ‘La palabra es la muerte de la mosca’. Es que no sé si interpreto bien lo que quieres decir, porque estás hablando de la Rabia de la Vida y dices que para ello tienes artemisa y hierbas del amor platónico. ¿Podrías explicar a qué te refieres con ello o prefieres que cada uno lo interprete a su manera?
C-S.: En general prefiero que cada uno interprete como quiera, pero creo que esa frase, “la palabra es la muerte de la mosca” podría ser algo como la palabra que pone fin a algo molesto o insistente como la mosca. A veces nombrar, expresar algo acaba con la preocupación.
J.M.: Hay un poema que se titula ‘Insecto Palo’ que me parece extraordinario. ¿Cómo nació ese poema?
C.S.: Escribo Insectos para comprender qué significa la Vida —desde lo diminuto a lo más grande— y, de alguna manera, tratar de comprenderme a mí misma. Muchos de estos poemas plantean cómo vivimos esperando un acontecimiento extraordinario que dé sentido a nuestra existencia, sin darnos cuenta de que ese “algo” ya está ocurriendo: es la propia vida, o “el tiempo que se nos escurre como arena fina de las manos”.
Esta idea se refleja también en el relato “La bestia en la selva” de Henry James, o en la novela “Los restos del día”, de Kazuo Ishiguro, que sin duda me sirvieron de inspiración. En ambos, los protagonistas viven obsesionados con un destino singular que nunca llega. Acompañados por mujeres especiales, dejan pasar su vida sin amar ni comprometerse, y solo al final comprenden que su “bestia” era su incapacidad de vivir plenamente.
Del mismo modo, en la magnífica novela El desierto de los tártaros de Dino Buzzati, Giovanni Drogo espera durante años un acontecimiento heroico en una fortaleza remota. Atrapado por la rutina y la esperanza, ve cómo su vida se consume en la espera, hasta entender demasiado tarde que ha desperdiciado su existencia.
Pues bien; el Insecto palo no aspira a nada de todo esto. Es lo que no es.
J.M.: Un poema entrañable es ‘Cielo de la boca’. Allí explicas que en gallego paladar
se dice ceo de boca. ¿De dónde salió la idea de escribir sobre ello?
C.S.: Me gustan mucho ciertas palabras gallegas que tienen múltiples significados, muchas de insectos, por cierto, como vagalume (luciérnaga), bolboreta (mariposa) o escornabois (escarabajo, cuyos machos tienen unas mandíbulas que parecen cuernos. Literalmente es “escornar”, es decir, golpear a los “bois”, bueyes.)
Es muy bonito pensar que cielo de la boca (ceo da boca) es paladar en gallego. Por eso imaginé que en esos paladares gallegos “sale la luna como un gajo de melón y hay saudades con rostro aniñado de murciélago, lenguas de agua que lamen la tierra y mazorcas con barbas de vieja”.
J.M.: No voy a desvelar más del poemario para que no se pierda la magia de descubrirlo. Me gustaría, sin embargo, que nos contaras, a ser posible, si tienes entre manos algún proyecto del que nos puedas contar algo.
C.S.: Hablar de los libros antes de que se publiquen suele traer mala suerte o hace que los personajes e ideas se diluyan. Prefiero no contar mucho, pero puedo decir que tengo en marcha tres proyectos precisos: un libro de cuentos, una novela y un ensayo. Voy alternando. Cuando me canso de una cosa, paso a la otra.
J.M.: ¿Podrías hablarnos de otras obras tuyas, un poco, para que nuestros lectores se hagan una idea de tu trayectoria literaria?
C.S.: He cultivado la novela, un poco el ensayo, la poesía y el cuento. Aunque tengo novelas anteriores, creo que con Las Inviernas (2014) empieza a entenderse mi universo narrativo y se despliegan mis temas y obsesiones. Este libro fue traducida al inglés (Estados Unidos, Inglaterra y Nueva Zelanda), alemán, italiano, portugués (Brasil y Portugal), polaco e italiano. Además de ser finalista del Premio Herralde de Novela en 2014, fue galardonada con dos PEN Award, uno para la traducción y otro para la promoción de la misma. En esta novela, dos hermanas regresan a su pueblo natal después de años de ausencia a causa de la guerra civil. Ambas poseen un secreto relacionado con su abuelo y su presencia agita las conciencias y remueve la vida de los vecinos. Aquí, como también en novelas posteriores, o el libro de cuentos están representados los escenarios de la Galicia interior, impregnados del olor a hierba húmeda de los verdes prados bajo la lluvia. Mi idea es que el lector se sumerja, ya desde la primera página, en ese universo lúgubre y atávico. A través del testimonio oral intento captar la cultura espiritual y esa dimensión mágica tan característica del pueblo gallego. Alguien bajo los párpados es la historia de dos ancianitas, en apariencia inocentes, que emprenden un viaje en un Volkswagen Escarabajo. Es una road movie y, como en Telma y Louise, empiezan a ocurrir cosas que les cambian la vida para siempre. El niño que comía lana es una colección de cuentos que ganó el prestigioso premio Setenil. Habitada está basada en una leyenda gallega en la que una mujer es poseída por un clérigo. Es un caso de corpo aberto, en donde el que posee al otro viene a redimirse por alguna falta cometida en vida.
Y luego están mis dos poemarios, Llenos los niños de árboles y este que nos ocupa.
Juana María Fernández Llobera



Comentarios
Publicar un comentario