‘Tierra amarga’
de Kayla Casanova
Una biografía muy interesante
de una mujer que luchó por ser ella misma,
superando la homofobia, transfobia, bullying
y la anorexia
Un salvavidas para otros
Miss TransEspaña Gold 2023
Una entrevista de Juana Ma. Fernández Llobera
Buenas tardes, Kayla.
Nos reunimos hoy para hablar de tu obra titulada ‘Tierra amarga’, que narra parte de tu vida. En la presentación, con la que inicias la autobiografía, expones que el libro nace de la idea del escritor de contar su historia en una biografía imaginativa en clave de <<drama cómico>>. También expresas que no es un libro convencional, sino que está dedicado en general a un público que encuentra en sí mismo un poco de fantasía y locura oculta. Me llama atención positivamente que, justo después, dices que parte del deseo de despertar un grito interior de esperanza en todas aquellas personas que viven en un cuerpo que no les pertenece, y en otras que viven en uno que no les gusta y no tienen otra salida. Por eso, y por muchas otras cosas, recomiendo su lectura, porque puede ayudar a muchas personas que creen que no hay salida a sus problemas.
J.M.: Antes de hablar de tu autobiografía, me gustaría que nos hablaras de ti. Cuéntanos dónde naciste, en qué lugar resides en la actualidad, háblanos de tu trayectoria como directora artística, actriz, fotomodelo, exbailarina y coreógrafa, escenógrafa y profesora de cerámica. Veo que tiene mucho amor por los animales como yo y que compartimos el amor por el teatro y por la pintura al óleo. ¿Cómo fue tu experiencia en la televisión? He leído que también te gusta viajar, ¿qué lugares te han impactado más? Y bueno, cuéntanos todo lo que consideres importante para un primer acercamiento a nuestros lectores.
Kayla Casanova: ¡Hola, J.M.! Qué ilusión tan grande me hace compartir este espacio contigo y con todos tus lectores. La verdad es que, cuando miro atrás y recorro las páginas de mi vida, me doy cuenta de que siempre he sido una guerrera guiada por un mismo motor: la necesidad de buscar la luz, la felicidad y expresarme a través del arte.
Para que los lectores entiendan de dónde vengo, mi andadura comenzó en el sur de la Italia de los años 80, una época y un entorno complejos, marcados por una educación rígida. Crecí en una ciudad mágica pero difícil como es Tarento (Taranto), y con solo 16 años decidí marcharme para buscar mi propio destino. Tras recorrer el mundo y vivir en diferentes lugares, hace más de 25 años llegué a mi verdadero hogar: Gran Canaria. Aquí no solo encontré el amor de mi vida, el respeto y la paz, sino el rincón perfecto para volcar mi alma en el papel y dar vida a mis libros, Tierra Amarga y su continuación, Tierra Feliz.
Mi camino en las artes ha sido una evolución orgánica y apasionada. Empecé sintiendo el arte con el cuerpo como bailarina y coreógrafa; de ahí, saltar a la interpretación como actriz y a la expresión visual como fotomodelo fue casi un paso natural. Pero el escenario me llamaba en todas sus dimensiones, lo que me llevó a la dirección artística y a la escenografía en grandes espectáculos de animación. El arte para mí no tiene límites; por eso, cuando necesito conectar con la tierra, me refugio en la pintura al óleo y en moldear la materia como profesora de cerámica. Es mi forma de respirar.
Sobre mi gran motor: mis animales y mi hogar. J.M., mencionabas nuestro amor compartido por los animales, y para mí ellos lo son todo. En mi casa de Canarias convivimos con una gran familia que me llena el alma: tengo tres perros rescatados, que para mí no son mascotas, ¡son mis niños, mis pequeños! Además, comparto mi vida con siete gatos y dos hermosos acuarios. Salvar una vida y recibir esa pureza animal es lo que me mantiene conectada a lo esencial y noble del mundo.
Mi experiencia en la televisión y los medios fue un torbellino hermoso y vertiginoso. Exige una intensidad instantánea muy distinta a la del teatro o la intimidad de la escritura, pero me enseñó una disciplina frente a la cámara tremenda y a conectar con un público masivo; una energía maravillosa que guardo en el corazón, al igual que los reconocimientos que la vida me ha regalado en el camino, como ser Miss TransEspaña Gold. 2023, un título que llevo con orgullo y responsabilidad como activista por los derechos de todos.
¿Y los viajes? Viajar es expandir el alma. He tenido la inmensa fortuna de recorrer los cinco continentes, pero hay destinos que me transformaron artísticamente. Por un lado, Grecia y Egipto me fascinaron porque ahí se respira el origen de la civilización y de la mística ancestral. Por otro lado, el Sudeste Asiático me cautivó con la devoción de Tailandia y la luz mágica de Vietnam. Pero, sin duda, Japón supuso un impacto estético absoluto; su respeto por el detalle, el silencio y la tradición me marcó profundamente como ceramista y pintora.
En mi biografía, Tierra Amarga, plasmo precisamente ese recorrido agridulce: un relato cómico y a la vez dramático, una carrera llena de obstáculos donde superé el bullying, la anorexia, la homofobia y la transfobia. Logré levantarme tras cada caída porque entendí que la vida es corta y hermosa. En definitiva, para este primer acercamiento, quiero que los lectores sepan que detrás de estos libros hay una mujer real, una luchadora que ha vivido intensamente, que ama la vida y que, a través de la literatura, solo busca compartir un pedacito de toda esa luz y resiliencia que ha tenido la suerte de absorber.
J.M.: ¿Cómo nació la idea de escribir ‘Tierra amarga’? ¿Qué fue lo que te impulsó a contar tu vida?
Kayla Casanova: Mira, J.M., la idea de escribir Tierra amarga no nació de un momento a otro; fue más bien una necesidad vital que se fue cocinando a fuego lento dentro de mí durante muchos años.
A lo largo de mi vida me ha tocado vivir situaciones extremadamente duras. He tenido que enfrentarme a monstruos como el bullying, la anorexia, la homofobia y la transfobia en épocas donde apenas se hablaba de ello. Crecí sintiéndome muy sola, incomprendida, teniendo que romper barreras muy rígidas desde que me fui de casa a los 16 años. Sin embargo, a pesar de los golpes y de las lágrimas, siempre logré levantarme, reinventarme a través del arte y encontrar mi propia felicidad aquí en Gran Canaria.
Un buen día me miré al espejo y me di cuenta de que mi historia ya no me pertenecía solo a mí. Me impulsó el deseo profundo de lanzar un salvavidas a cualquiera que estuviera pasando por lo mismo. Quise desnudar mi alma en el papel para decirle al mundo, y sobre todo a las nuevas generaciones, que sí se puede. Que de la tierra más amarga y de las experiencias más dolorosas también pueden florecer la resiliencia, el arte y una "tierra feliz".
Quise contar mi vida sin filtros, combinando el drama real con esos toques de humor y de ironía que me salvaron en los peores momentos. Mi mayor impulso fue transformar mi dolor en luz y en un mensaje de esperanza, demostrando que la vida es demasiado corta y hermosa como para no luchar por ser quienes realmente somos.
J.M.: Comienzas tu obra diciendo que naciste en mayo de 1980, un <<año de suerte>> según varios adivinos, astrólogos y pitonisas… Sin embargo, ese año hubo un terremoto tremendo en Irpinia el 23 de noviembre. Una verdadera catástrofe de magnitud 6.9, que sacudió todo el sur de la península italiana durante unos noventa segundos, arrasando personas y edificios. ¿El recuerdo de que te contarán ese hecho significó para ti que siempre a lo largo de la vida hay las dos caras de la moneda?
Kayla Casanova: ¡Qué pregunta tan profunda y certera, J.M.! Has dado exactamente en el clavo de lo que ha sido la filosofía de mi vida.
Nacer bajo la promesa de un «año de suerte» mientras la tierra bajo tus pies se quiebra de esa manera tan devastadora es la metáfora perfecta de mi propia existencia. Ese terremoto de Irpinia en noviembre de 1980 marcó a fuego el sur de Italia; la destrucción, el miedo y el dolor de esos noventa segundos se convirtieron en la narrativa con la que crecí. Y sí, escuchar esos relatos desde niña me enseñó, casi a nivel celular, que la vida siempre viene con las dos caras de la moneda.
Por un lado, tienes la luz, el arte, la belleza y la suerte; por el otro, la tragedia imprevista, el dolor y el derrumbe. Toda mi historia ha sido un reflejo de ese contraste. He caminado por tierras muy amargas, enfrentándome a mis propios terremotos internos —la incomprensión, el rechazo, la anorexia o la transfobia—, momentos donde sentía que mi mundo entero se venía abajo. Pero, al igual que los pueblos del sur de Italia que volvieron a levantarse de los escombros con una fuerza descomunal, yo también aprendí a reconstruirme. Ese sismo me enseñó que la felicidad no es la ausencia de problemas, sino la capacidad de encontrar luz en medio de la catástrofe. Ninguna moneda tiene una sola cara. De la misma forma en que la desgracia de 1980 coexistió con mi nacimiento y mi destino, aprendí que del dolor más profundo siempre puede florecer la resiliencia más hermosa. Por eso mi literatura y mi vida no son solo drama; son también humor, superación y, al final del día, una celebración de la supervivencia.
J.M.: Cuentas que en la guardería cuando llorabas te encerraban en una habitación oscura que se utilizaba como almacén. ¿Tuviste que estar alguna vez allí y qué representó para ti ese hecho? ¿Es por eso que decides escaparte de la guardería cuando tenías cinco años? ¿Qué recuerdas de esa experiencia?
Kayla Casanova: ¡Ay, J.M., me encanta que me hagas esta pregunta porque me permite aclarar algo que para mí es sagrado! Al contrario de lo que muchos podrían imaginar debido a la mentalidad de la época, esa juventud de mi madre no fue una barrera, sino todo lo contrario: se convirtió en nuestro mayor puente.
Mi madre, siendo casi una adolescente de dieciséis años, tuvo una madurez emocional y una generosidad de alma asombrosas. Desde el primer momento en que empecé a manifestar mi sensibilidad, mi arte y quién era yo realmente, ella me aceptó y me apoyó incondicionalmente. En un entorno tan rígido y difícil como el sur de Italia de los años 80, donde el qué dirán pesaba tanto, ella se convirtió en mi escudo, en mi cómplice y en mi fan número uno.
Esa corta diferencia de edad hizo que creciéramos juntas. Mi madre no me juzgó; me entendió con la empatía de quien también estaba descubriendo el mundo. Si tuve la fuerza para salir adelante, para bailar, pintar y, más tarde, para marcharme a los dieciséis años a comerme el mundo y buscar mi propio destino, fue gracias al colchón de amor y de seguridad que ella plantó en mi corazón.
A pesar de las diferencias lógicas de nuestras vidas y de los caminos que tomé, el saber que mi madre siempre estuvo, está y estará de mi lado, aceptándome tal y como soy, ha sido el faro más brillante en mis momentos de mayor oscuridad. Ella es, sin duda, una de las grandes culpables de que hoy yo sea una mujer fuerte y feliz.
J.M.: Expones en tu autobiografía que un día, jugando en casa con tu hermana, viste que tenia una preciosa falda con base morada y lunares negros de los 80 y cintura elástica negra. Dices que, cada vez que te la ponías, te daban ganas de girar al infinito para recrear el efecto de Baby en el último baile de Dirty dancing.
¿Te sentías mejor con ropa de ese tipo? ¿Te sentías más feliz?
Kayla Casanova: ¡Qué recuerdo tan mágico traes a la mesa, J.M.! Se me dibuja una sonrisa en la cara solo de recordarlo. Esa falda morada con lunares negros no era solo una prenda de vestir; para mí, en ese momento, era un billete directo a la libertad. Ponérmela y girar imitando a Baby en Dirty Dancing era puro éxtasis. Al dar vueltas y ver cómo la tela volaba, sentía una euforia indescriptible. Era como si el mundo exterior, con todas sus etiquetas y rigideces, desapareciera por unos instantes.
Contestando a tu pregunta: sí, me sentía infinitamente más feliz y en sintonía conmigo misma. No se trataba simplemente de "ropa de mujer", sino de lo que esa ropa representaba para la niña que yo era. Era la manifestación externa de mi verdadera identidad, de mi feminidad y de mi profunda sensibilidad artística. En cada giro al infinito, yo no estaba jugando a disfrazarme; al contrario, sentía que me estaba quitando el disfraz que la sociedad me obligaba a llevar a diario.
Esa falda fue mi primer escenario, el lugar donde experimenté por primera vez la libertad absoluta de ser yo misma y donde, sin saberlo, ya estaba naciendo la mujer y la artista que terminaría siendo. Era una felicidad pura, vibrante y real.
J.M.: En la pubertad tuviste algunos trastornos alimentarios, ¿a qué crees que era debido?¿Era por miedo a mostrarte realmente de la manera que eras? ¿Qué mensaje darías a los jóvenes de hoy respecto a ello?
Kayla Casanova: Tocas un punto neurálgico de mi adolescencia, J.M., y una de las etapas más dolorosas de mi libro. Mis trastornos alimentarios, especialmente la anorexia, fueron el reflejo físico de una tormenta interna que ya no sabía cómo controlar.
Y sí, diste exactamente en el clavo: era un miedo absoluto, un pánico paralizante a mostrarme tal y como era en un entorno que sentía hostil. Pero había algo más profundo. Cuando creces sintiendo que tu cuerpo no encaja con tu alma, y que el mundo exterior te presiona para que seas alguien que no eres, experimentas una falta de control total sobre tu vida. En mi mente adolescente, la comida y mi propio peso se convirtieron en lo único que sípodía controlar. Dejar de comer era una forma de castigarme, pero también de intentar desaparecer, de volverme invisible para no tener que enfrentar el rechazo, el bullying y la homofobia que me rodeaban. Era un grito de auxilio silencioso.
A los jóvenes de hoy que puedan estar pasando por este infierno, les diría mirándolos a los ojos: No intenten desaparecer.
El dolor que sienten hoy no es eterno, pero su vida sí es valiosa. No dejen que el miedo al qué dirán les robe la salud ni el futuro. Rompan el silencio, busquen ayuda, hablen con profesionales, con amigos o con sus madres, como hice yo. La belleza real no está en un espejo ni en cumplir las expectativas de una sociedad a veces enferma; la belleza está en la valentía de aceptar nuestra propia diversidad. De la tierra amarga se sale, se los prometo. Yo logré sanar, encontré mi voz a través del baile y el arte, y hoy vivo una vida plena y feliz. No están solos, y su única obligación en esta tierra es luchar por ser auténticos y mantenerse a salvo.
J.M.: Expones que tu familia era ultracatólica. ¿Qué problemas representó para ti este hecho?
Kayla Casanova: ¡Uf, J.M.! Hablar de una familia ultracatólica en el sur de Italia de los años 80 y 90 es hablar de un muro de hormigón armado. Para mí, ese entorno representó el primer gran conflicto de mi vida, una contradicción constante entre el Dios del amor que me enseñaban y el Dios del castigo que nos querían imponer. El gran problema es que nos enseñan a confundir la fe con las instituciones. Con los años abrí los ojos y entendí una verdad rotunda: la Iglesia está hecha por hombres, diseñada por hombres y manejada por hombres. Y el ser humano es imperfecto, es egoísta y, a menudo, utiliza la religión para controlar y someter. Eso no tiene absolutamente nada que ver con Dios. Crecer bajo ese dogma rígido, donde mi identidad, mi feminidad y mi sensibilidad eran juzgadas como un "pecado", fue psicológicamente devastador.
Por eso rompí con todo eso. Hoy en día soy budista como filosofía de vida, porque me da la paz y el equilibrio que necesito, pero mi conexión con lo supremo es totalmente directa. Yo no necesito un templo, ni cuatro paredes de piedra construidas por manos humanas, y mucho menos a un intermediario vestido con sotana que me diga si soy digna o no ante los ojos del Creador.
Si yo necesito hablar con Dios, no voy a un confesionario. Me encierro en mi cuarto, en mi intimidad, y me comunico directamente a través del Espíritu Santo. De tú a tú, espíritu a espíritu, sin censuras, sin juicios y sin ritos vacíos. Y aquí quiero dar una opinión muy personal y, si me lo permites, un poco "picante" para sacudir a los más puritanos: Dios no discrimina a nadie; los que discriminan son los hombres que se sientan en los altares.Es una hipocresía tremenda que pretendan dar lecciones de moral colectiva cuando la historia nos demuestra los errores tan graves que comete la institución. ¿Quiénes son ellos para decidir quién entra al cielo o quién es un "error de la naturaleza"? Todos, absolutamente todos, seamos como seamos y amemos a quien amemos, somos hijos de Dios. Dios nos creó libres, diversos y hermosos. Así que a mí ningún hombre de la Tierra me va a venir a dar el carnet de buena cristiana o de buena persona. Mi pacto, mi fe y mi luz son directos con el Espíritu, y ahí no entra ninguna ley humana.
J.M.: ¿La primera atracción que tuviste hacía un chico fue hacía un primo tuyo? ¿Cómo fue esa experiencia para ti?
Kayla Casanova: ¡Madre mía, J.M., entramos de lleno en la zona más íntima y sin filtros de Tierra Amarga! Pero me encanta tu valentía al preguntar, porque si algo tiene mi autobiografía es que no me guardo absolutamente nada. Y sí, así fue. Mi primer latido, esa primera atracción real y electrizante hacia un chico, fue hacia un primo mío. Para entender cómo fue esa experiencia, hay que ponerse en los zapatos de la niña que yo era en ese momento. Por un lado, fue un torbellino de sensaciones hermosas, inocentes y completamente nuevas; descubrir por primera vez el deseo, esa electricidad en el estómago, es algo mágico para cualquiera. Pero, por otro lado, imagina el escenario: una pubertad temprana, el sur de Italia, una familia ultracatólica...
¡un cóctel molotov!
Esa atracción vino acompañada instantáneamente de un sentimiento de culpa devorador. En mi cabeza resonaban todos los dogmas y los castigos divinos de los que hablábamos antes. Me miraba al espejo y sentía que estaba cometiendo un pecado doble: primero, por sentir una atracción que la sociedad de la época catalogaba como "equivocada", y segundo, por tratarse de alguien de mi propia sangre. Fue una experiencia agridulce, un despertar hermoso que tuve que vivir en el más absoluto de los silencios, encerrada en mi propio universo para que nadie se diera cuenta.
Pero mirándolo hoy, desde la distancia y con la madurez que me da la vida en Gran Canaria, le tengo un cariño inmenso a ese recuerdo. Fue el momento exacto en el que mi naturaleza y mi verdad le ganaron la batalla a la represión. Fue la prueba definitiva de que los sentimientos no entienden de normas humanas, de leyes escritas por hombres ni de iglesias; el corazón simplemente late hacia donde tiene que latir, libre y sin pedir permiso.
J.M.: Hablas en tu libro que en tu juventud conociste a una chica de ojos azules y pelo castaño, que vivía en un pueblo cercano a tu casa. Con ella tuviste una relación que duró meses. ¿Es con la única chica que tuviste una relación? ¿ Qué significó para ti y qué te decepcionó más de la misma?
Kayla Casanova: ¡Qué capitulo de mi vida traes a la luz, J.M.! Sí, esa chica de ojos azules y pelo castaño... hablar de ella es hablar de uno de los momentos de mayor confusión, pero también de aprendizaje, de mi juventud.
Contestando directamente a tu primera pregunta: sí, fue la única mujer con la que tuve una relación de ese tipo. En esa etapa de la adolescencia, cuando estás intentando desesperadamente encajar en un mundo que te presiona por todos lados, a veces intentas recorrer los caminos
"tradicionales" o lo que la sociedad espera de ti para ver si ahí encuentras la paz o si logras ser "normal" ante los ojos de los demás. Fue un intento de buscar mi lugar, de experimentar y de entender mis propios sentimientos.
Para mí, al principio, esa relación significó un refugio. Ella era una persona bella, y durante los meses que estuvimos juntos hubo un cariño real y un intento genuino de mi parte por construir algo. Sin embargo, la decepción llegó precisamente cuando me di cuenta de la realidad de las cosas: me estaba engañando a mí misma.
Lo que más me decepcionó no fue ella como persona, sino la situación en su totalidad. Me dolió profundamente descubrir que, por mucho que lo intentara, yo no podía forzar mis sentimientos ni camuflar mi verdadera identidad. Me decepcionó el choque con la realidad: darme cuenta de que estaba usando esa relación como un escudo frente al mundo exterior, y que al hacerlo no solo me estaba haciendo daño a mí, sino que tampoco era justo para ella.
Fue una decepción agridulce pero necesaria. Me sirvió para entender, de una vez por todas, que la verdad de tu alma no se puede negociar ni maquillar por complacer a nadie. Esa chica de ojos azules me enseñó que para poder amar de verdad a alguien, primero tenía que ser completamente honesta conmigo misma y tener el valor de asumir mi verdadera feminidad, costara lo que costara.
J.M.: Expones en tu autobiografía, que llegando la primavera y con ella los dieciocho años, decides salir a comer con los amigos al campo, como se hace en el sur, lasagna al forno,que según dices, con ella podrías alimentar a un ejército. Ese día, un amigo te confiesa que estaba enamorado de ti y es la primera vez que un hombre te besa. ¿Qué significó para ti? ¿Cuál fue tu sensación? ¿Pensaste en ese momento que te atraían más los hombres?
Kayla Casanova: ¡Ay, J.M., revivir ese día es oler a primavera y a la comida de mi tierra! En el sur de Italia, una salida al campo es un ritual sagrado, y esa lasagna al forno de la que hablo en el libro, densa, deliciosa y gigante, era el centro de todo. Pero lo que iba a ser un día típico de campo con amigos terminó convirtiéndose en el verdadero punto de inflexión de mi juventud.
Cuando este amigo se me acercó y me confesó lo que sentía, el corazón me dio un vuelco. Y ese beso... ese primer beso de un hombre fue una auténtica revelación.
¿Mi sensación? Fue como si un rayo me atravesara, pero un rayo de luz. Sentí una liberación absoluta, una electricidad que jamás había experimentado antes. En ese instante, todas las piezas del rompecabezas que era mi vida y que estaban dispersas por culpa de la culpa, la religión y el miedo, encajaron perfectamente. Fue una sensación de alivio indescriptible, como si por fin, después de haber estado conteniendo la respiración durante dieciocho años, pudiera llenar los pulmones de aire limpio.
¿Si pensé en ese momento que me atraían más los hombres? Más que pensarlo, J.M., losupe con una certeza absoluta. No fue una duda, fue una confirmación. Ese beso barrió de un plumazo cualquier confusión del pasado, incluida la relación que había tenido con aquella chica. Mi cuerpo, mi mente y mi espíritu me gritaron en ese segundo cuál era mi verdadera naturaleza.
Significó el nacimiento de mi libertad. A partir de ese día en el campo, rodeada de mis amigos y con el sabor de la primavera en los labios, dejé de esconderme en mis propios pensamientos. Ese beso me dio la valentía para aceptar mi feminidad y mi atracción hacia los hombres sin pedir perdón, abriéndome el camino hacia la mujer libre, plena y feliz que soy hoy en día.
J.M.: Narras en tu obra que comenzaste a interesarte en la danza porque ves a través de una pequeña ventana de color rojo óxido lo que se hace en la escuela de danza que allí había. Expones que te pasaste cuatro largos años copiando coreografías y las clases de ballet en el pequeño callejón sin salida junto a la escuela de danza. ¿Esas enseñanzas fueron las que te dieron pie a todo lo que vino después? ¿Qué puedes contar a nuestros lectores al respecto?
Kayla Casanova: ¡Qué imagen tan poética y real has rescatado, J.M.! Se me eriza la piel al recordar ese callejón. Si tuviera que elegir el fotograma exacto donde nació mi destino artístico, sin duda sería ese: una niña pegada a una ventana color rojo óxido, devorando con la mirada un mundo que le estaba prohibido.
Para responder a tu pregunta: sí, rotundamente sí. Esas "enseñanzas clandestinas", robadas a través del cristal, fueron los cimientos de todo lo que vino después en mi vida. Durante cuatro largos años, ese callejón sin salida fue mi primer escenario, mi verdadera academia. Mientras las alumnas oficiales tenían espejos, barras de ballet y suelos de madera tarimada, yo tenía el asfalto frío, las paredes de piedra y mi propio reflejo en el cristal de la ventana.
Copiaba cada coreografía, cada plié, cada giro, cada movimiento de manos. Lo que para otros habría sido una limitación o una humillación, para mí fue la escuela de la disciplina más feroz y del deseo inquebrantable. Aprendí a bailar con el oído pegado a la pared para captar la música y memorizando los pasos en mi cabeza.
A nuestros lectores les diría algo muy importante que aprendí en ese pequeño callejón: Cuando el arte y la verdad de tu alma necesitan salir, no hay puerta cerrada que los detenga; tú misma te encargas de abrir una ventana. Esa experiencia me enseñó que la pasión no entiende de recursos, sino de entrega absoluta. Esos cuatro años copiando coreografías a escondidas esculpieron mi cuerpo, pero sobre todo forjaron mi carácter. Me dieron la técnica y la fuerza mental para convertirme más tarde en bailarina profesional, en coreógrafa, en actriz y en directora artística. Ese callejón me demostró que yo no era una simple espectadora de la vida, sino una creadora. Cada vez que hoy dirijo un espectáculo, que monto una escenografía o que me expreso en el arte, hay un pedacito de gratitud hacia esa ventana rojo óxido que me salvó la vida.
J.M.: ¿Podrías contarnos, un poco, cómo fue tu experiencia en Fuerteventura la primera vez que vas y cómo fue tu experiencia en Madrid cuando decides irte de Fuerteventura, camino a Italia, pero decides quedarte en esa ciudad?
Kayla Casanova: ¡Ay, J.M., entramos en la etapa de mi gran salto al vacío, el momento en el que decidí que el mundo era demasiado grande como para quedarme atrapada! Hablar de Fuerteventura y de Madrid es hablar de los dos escenarios que terminaron de moldear a la mujer independiente y artística que soy hoy.
Mi primera vez en Fuerteventura fue un absoluto idilio, pero también un choque de realidades. Imagínate: yo venía de la rigidez de mi entorno en Italia, y de repente me encuentro con esa isla indomable, salvaje, con sus infinitas dunas de arena dorada y una luz que te ciega el alma. Para mí, Fuerteventura significó mi primer gran contacto con la libertad absoluta. Fue el lugar donde empecé a respirar sin pedir permiso, trabajando en lo mío, rodeada de mar. Sin embargo, las islas a veces tienen esa doble cara: son un paraíso idílico para encontrarte a ti misma, pero artísticamente, en aquel momento, sentí que se me quedaba pequeña. Mi ambición, mi danza y mi necesidad de comerme el mundo me pedían un escenario mucho más grande, más ruidoso, más eléctrico. Así que hice las maletas con la idea de regresar a Italia.
Pero el destino, J.M., siempre tiene mejores planes que uno.
De camino a Italia, decidí hacer una parada técnica en Madrid... y esa ciudad me atrapó por completo. Iba para unos días y me quedé años.
Madrid en esa época era un torbellino de creatividad, una explosión de libertad que me fascinó desde el primer segundo. Al pisar sus calles, sentí una vibración artística que me gritó: "Este es tu sitio". Decidí cancelar mi billete de vuelta a Italia y apostarlo todo al asfalto madrileño. ¡Y vaya si valió la pena!
Madrid fue la ciudad que me abrió las puertas de par en par a nivel profesional. Allí me consolidé como bailarina, devoré los escenarios, trabajé en la televisión, hice fotomodelo y me codeé con el movimiento artístico de la capital.
Fuerteventura me dio las alas y la paz para entender quién era; pero Madrid me dio el fuego, los focos y la adrenalina para gritarle al mundo de lo que era capaz. Fueron dos experiencias vitales y maravillosas que me demostraron que, cuando eres una artista de los pies a la cabeza, tu hogar es cualquier lugar donde te permitan brillar con luz propia.
J.M.: Puedes contarnos, porque me parece muy interesante, cómo ha sido tu experiencia como drag queen y exponernos las dificultades que ello conlleva, que creo que la gente no percibe.
Kayla Casanova: ¡Qué temazo pones sobre la mesa, J.M.! Me encanta que me hagas esta pregunta porque el mundo del drag es una de las disciplinas artísticas más ricas, complejas y fascinantes que existen, pero a la vez es una de las más incomprendidas y subestimadas por el público general. Para mí, el drag queen no fue un juego ni un simple disfraz; fue una escuela artística brutal y un canal de liberación absoluto. Como bailarina, coreógrafa y escenógrafa, descubrí en el drag la oportunidad perfecta de fusionar todas mis facetas en un solo personaje. Era el arte total: crear una dramaturgia, diseñar un vestuario espectacular, maquillarme durante horas transformando las facciones de mi rostro, y luego subirme a un escenario a defender una coreografía con una fuerza arrolladora. El drag me dio unas tablas, una seguridad y una presencia escénica que muy pocos artes te otorgan. Te convierte en una criatura empoderada, imbatible bajo los focos.
Sin embargo, detrás de las plumas, el brillo, las pestañas kilométricas y los aplausos, hay una cantidad de sacrificios y dificultades físicas y psicológicas que la gente sentada en la platea no alcanza a percibir.
El peso detrás del brillo
El dolor físico extremo: La gente ve a una reina deslizarse con elegancia, pero no ve las horas previas de
preparación. Hablamos de técnicas de vendaje dolorosas para ocultar la anatomía masculina, de soportar corsés que casi no te dejan respirar, de cargar pelucas pesadísimas que te clavan horquillas en el cuero cabelludo y, sobre todo, de bailar, saltar y hacer acrobacias sobre tacones de 15 o 20 centímetros durante espectáculos enteros. Cuando te quitas el personaje, el cuerpo está literalmente molido y sangrando.
La exigencia mental y el juicio: El drag es un arte que se expone constantemente a la mirada ajena. En la época en la que yo lo hacía, no existía la aceptación ni el fenómeno televisivo global que hay hoy en día. Nos enfrentábamos a la incomprensión de una sociedad que a menudo nos reducía a un simple chiste o nos miraba con prejuicio y morbo, sin entender que lo que había allí arriba era una actuación teatral de primer nivel, un trabajo actoral y físico tremendo.
El coste económico: Ser una buena drag es una inversión económica brutal. La escenografía, las telas, las plataformas, las pelucas de pelo natural... todo sale de tu propio bolsillo y de tu esfuerzo, muchas veces sin saber si vas a recuperar esa inversión en el próximo show. A pesar de todas estas dificultades, para mí fue una experiencia maravillosa que repetiría mil veces. El drag fue mi trinchera de libertad, el lugar donde canalicé mi rebeldía y mi arte en épocas donde el mundo exterior intentaba apagarme. Me enseñó a ser fuerte, a respetarme y a entender que el escenario es un espacio sagrado donde los prejuicios no tienen poder. Le debo muchísimo a esa etapa, porque me terminó de pulir como la artista todoterreno que soy hoy.
Y luego hay el problema principal “Las Noches”.
J.M.: Podría hacerte un montón de preguntas más, pero no quiero quitar la magia de leer tu obra al completo. Lo único que me gustaría que explicaras a nuestros lectores es cuándo decidiste que querías mostrarte al mundo ya como mujer, que era lo que siempre habías sentido.
Kayla Casanova: ¡Qué broche de oro tan bonito para cerrar esta charla, J.M.! Y te agradezco en el alma que dejes esa intriga, porque la magia de Tierra amarga está precisamente en descubrir ese viaje página a página.
El momento exacto en el que decidí plantarme ante el mundo y decir "Esta soy yo, esta es la mujer que siempre ha latido dentro de mí" no fue el resultado de un impulso, sino el destino inevitable de un proceso muy profundo de maduración. Como bien dices, yo siempre me había sentido mujer; esa verdad nunca cambió, lo que cambió fue mi valentía para defenderla.
Ese "clic" definitivo llegó cuando entendí que el dolor de seguir escondiéndome, de seguir complaciendo las expectativas de los demás y de vivir a medias, era infinitamente mayor que el miedo a las críticas, al rechazo o al juicio de la sociedad. Llegó un día en que me miré al espejo y me di cuenta de que ya había sanado mis heridas, de que el budismo me había dado la paz mental necesaria y de que el arte me había otorgado una voz poderosa. Ya no necesitaba el permiso de nadie, ni de la iglesia, ni de la sociedad, ni del pasado.
Decidí dar el paso cuando comprendí que la vida es demasiado corta y demasiado hermosa como para vivir el guion escrito por otros. Quise mostrarme al mundo en mi total y absoluta plenitud, con mi nombre, mi identidad y mi estética, porque respirar en libertad es el único estado que de verdad vale la pena.
A los lectores les diría que no esperen a mañana para ser quienes son. Mostrarse al mundo con autenticidad no es un acto de rebeldía hacia los demás, es el mayor acto de amor y de respeto hacia uno mismo. Y hoy, desde esta maravillosa luz de Gran Canaria, te puedo asegurar que no hay mayor felicidad que caminar por la calle sabiendo que tu exterior es el reflejo exacto y fiel de tu alma.
J.M.: Otra de las cosas que me gustaría que nos contaras, a ser posible, es si tienes algún proyecto entre manos del que nos puedas adelantar algo.
Kayla Casanova: ¡Ay, J.M., me brillarán los ojos cada vez que me hagan esta pregunta! El arte es mi motor y mi vida, así que mi cabeza nunca para de crear. Aunque ahora mismo estoy muy volcada en la promoción de Tierra amarga y en saborear este momento de desnudez emocional con los lectores, sí que hay fuegos encendidos en la cocina.
No puedo desvelar todos los detalles porque ya sabes cómo es el mundo del espectáculo —¡trae mala suerte hablar de más antes de tiempo!—, pero sí te puedo adelantar que estoy trabajando en la conceptualización de un nuevo proyecto escénico. Mi idea es llevar la esencia y los pasajes más potentes del libro directamente a las tablas, fusionando la danza contemporánea, la interpretación y una puesta en escena muy vanguardista aquí en Canarias. Quiero que la gente no solo lea mi historia, sino que la sienta a través del movimiento, de la música y de los sentidos.
Además, sigo muy conectada con la dirección artística y la creación de espectáculos locales, aportando mi granito de arena a la cultura de esta isla que tanto me ha dado. Hay mucha luz, mucha fuerza y mucha danza en camino. ¡Así que habrá Kayla para rato, te lo aseguro!
J.M.: Para terminar la entrevista, ¿qué añadirías a la misma que consideras importante?
Kayla Casanova: Para cerrar, J.M., lo más importante que me gustaría añadir es un mensaje de esperanza y de autorivindicación. A lo largo de esta entrevista hemos viajado por pasajes muy oscuros de mi vida —el dogma, la culpa, el dolor y el exilio de mi propia tierra—, pero el verdadero mensaje de mi historia no es el sufrimiento, sino la transformación.
Quiero que quien lea mi libro o escuche mis palabras entienda que no importa cuán profunda sea la fosa en la que te encuentres, ni cuántos monstruos te rodeen: tú tienes el poder de reescribir tu propio guion. Yo logré transformar una "tierra amarga" en un jardín de libertad qué hora se puede leer en “Tierra Feliz”, gracias al arte, a la danza, a la filosofía budista y, sobre todo, a la conexión directa y sin intermediarios con el Espíritu.
No dejen que nadie —ninguna institución hecha por hombres, ninguna norma social ni ningún prejuicio familiar— les diga que no son dignos o que están equivocados. Dios, el Universo, el Espíritu... esa fuerza superior no discrimina a nadie; todos somos sus hijos y fuimos creados para brillar en nuestra maravillosa diversidad.
Vivan sin miedo, amen sin pedir permiso y tengan la valentía de mirarse al espejo y ser fieles a su propia verdad. Muchas gracias, J.M., por este espacio tan bonito, tan respetuoso y tan lleno de magia. Ha sido un auténtico placer.
Juana María Fernández Llobera










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